Los límites no son sinónimo de violencia

Cuando escuchamos la palabra límites, muchas veces la asociamos con un ogro. Pensamos que poner un límite significa ser rudos, actuar desde el enojo, castigar o gritar. Nos cuesta trabajo imaginar que podemos hacerlo sin recurrir al maltrato.

Sin embargo, los límites que se ponen con respeto, tomando en cuenta a la otra persona, suelen ser mucho más efectivos que los que se imponen.

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En los talleres casi siempre sale el tema de la famosa “nalgada a tiempo”. A través de dinámicas y reflexiones, llegamos una y otra vez a la misma conclusión: a nadie le gustaría que sus hijos sintieran lo mismo que ellos sintieron cuando recibían golpes o castigos impuestos.

Y lo más fuerte es que… no sirve.

Lejos de enseñar, el castigo muchas veces solo genera dos caminos: o el niño aprende a hacerlo a escondidas para que no lo descubran, o decide hacerlo igual pensando que “valió la pena” porque se divirtió. No hay aprendizaje profundo, no hay autorregulación, no hay conciencia. Solo miedo, reto o desconexión.

Recuerdo que cuando era pequeña me encantaba ir a mis clases de la tarde: coro, teatro, actividades que disfrutaba profundamente. Sin embargo, en la escuela no me iba tan bien.

Mi papá, en lugar de castigarme o quitarme todo aquello que amaba, se sentó a hablar conmigo. Me dijo algo así:
“Por lo que veo, parece que no te está dando tiempo de atender todos tus deberes de la escuela y también las clases de la tarde. Necesitamos hacer un plan para que puedas cumplir con todo, o tal vez tengamos que dejar algunas clases.”

Lo que yo sentí no fue “me castigaron” o “me quitaron lo que quiero”. No escuché una amenaza como: “Si vuelves a reprobar, te saco del coro.”

Lo que nació en mí fue otra pregunta: ¿qué puedo hacer para lograr cumplir con todo sin perder algo que amo? Ahí apareció la responsabilidad, no el miedo.

Eso fue lo que marcó la diferencia para mí: el diálogo, el sentirme tomada en cuenta, el ser parte de la decisión. No hubo amenaza, hubo acompañamiento. No hubo miedo, hubo conciencia.

Eso es lo que sí sirve: involucrar al niño, ayudarle a pensar, a anticipar consecuencias reales y a encontrar soluciones posibles.

Poner límites no es ser duros. No es gritar más fuerte ni controlar mejor. Es acompañar, sostener y enseñar.

Los límites no son sinónimo de violencia. Son una oportunidad para construir vínculo, conciencia y respeto mutuo.


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