¿Lo Proteges o lo Rescatas?

A nadie le gusta ver a sus hijos sufrir, cuando esto sucede tomamos las riendas del asunto y ponemos todo en orden con tal de que nuestros hijos estén bien. Siempre actuamos por el amor tan grande que les tenemos….¿acaso no es nuestro rol como padres el proteger a nuestros hijos?.

Pero ¿hasta donde debe llegar esta protección?

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Es importante definir y conocer el balance entre proteger de manera sana a nuestros hijos y rescatarlos.

Podríamos decir que proteger sanamente se refiere a cuidarlos ante un peligro inminente, por ejemplo agarrarlo de la mano para cruzar la calle, o ponerle el cinturón de seguridad antes que arranque el coche, tomarse el tiempo de escucharlo y acompañarlo en sus desiciones.

Rescatar significa hacer todo por él y cumplir con sus demandas para que no sufra, por ejemplo traducir lo que quiere decir, vestirlo sabiendo que se puede vestir solo, regañar a otro niño o a la mamá del otro niño porque le dijeron o le hicieron algo, comprarle el juguete que quiere para que no llore, cargar su mochila, buscar todo lo que perdió en la escuela (la lista podría seguir y seguir)…. y todo en nombre del amor que le tenemos.

Cada vez que hacemos algo por nuestro hijo que él es capaz de hacer, estamos mandando un mensaje de “tú no eres capaz”, y luego nos quejamos porque no pueden hacer nada solo.

Si queremos que nuestros hijos sean adultos responsables e independientes, debemos empezar desde pequeños a:

  • Dejar que exploren sus propias consecuencias: si el decidió no hacer la tarea, hay que dejarlo que explore que pasa.
  • En vez de decirle que hacer, enseñarlo como hacerlo: enséñale como hacer las cosas antes de exigirle que las haga (bañarse, vestirse, hacer la cama…)
  • Involucrarlo en las tareas de la casa: que tienda su cama, que recoja su plato de la mesa, que ayude con el perro, que se vista, que se bañe.
  • Acompañarlo y ofrecer nuestra ayuda cuando él lo requiera: “te puedo sugerir algo” y él decidirá si lo quiere intentar o no.
  • No hacer nuestras propias conclusiones, primero hay que escucharlos.
  • Creer en ellos, ten confianza en que puede resolver las cosas sin ti.

 

Somos padres aprendiendo a ser padres.

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No todos los berrinches se deben ignorar

Cuando mis hijos eran pequeños me aconsejaron varias veces que ignorara sus berrinches, porque si les hacía caso entonces ellos iban a salirse con la suya. La realidad es que no siempre se sentía adecuado ignorarlos, por lo que nunca seguí el consejo al pie de la letra.

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Varios años después (no muchos) me encuentro con el libro del Dr. Daniel Siegel “The Whole Brain Child” (el cual se los recomiendo)y leo una explicación muy interesante acerca de los berrinches, la cual  me hace mucho sentido.  Antes de entrar en esta explicación es importante saber  como funciona nuestro cerebro, El Dr, Siegel nos dice que lo podemos ver como si fuera una casa de dos pisos, el piso de abajo es como nuestro cerebro primitivo, el cual cubre nuestras necesidades básicas (comer, respirar, estar alerta al peligro) y el piso de arriba es más complejo y representa la parte racional (pensar, tomar desiciones, resolución de problemas…). Hay que tomar en cuenta que cuando nacemos, el cerebro primitivo  ya está desarrollado y el cerebro racional termina de desarrollarse a los 25 años aproximadamente.

Regresando a los berrinches, existen dos tipos: los que vienen del cerebro racional y los que vienen del cerebro primitivo. Los primeros son los que debemos “ignorar” (o más que ignorar a no ceder ante ellos) y son con los que necesitamos ser firmes y poner límites, pues el niño/a los usa como manipulación, sabe bien lo que está haciendo y si no le funciona lo va a dejar de hacer; por ejemplo cuando vamos a la tienda y empieza a hacer un berrinche para que le compremos un juguete y usa argumentos como: “Lo necesito, lo he estado buscando desde hace mucho, es el único que queda….” y muchas veces con tal de que no nos haga pasar ese momento tan incómodo en la tienda terminamos por ceder. Como dice el Dr. Siegel “nunca negocies con un terrorista”, si el niño hace berrinches usando el cerebro racional y nosotros accedemos, aprende que esta es la manera de obtener lo que el quiere, por lo que nuestra respuesta debe ser firme y cordial: te quiero mucho y la respuesta es no.

Por el otro lado, cuando el berrinche viene desde el cerebro primitivo, el niño literalmente no está pensando, no sirve de nada amenazarlo o gritarle porque su cerebro racional está apagado, necesitamos sacarlo del estado en el que está para que vuelva a conectar con su cerebro racional y una vez que lo logremos entonces podemos platicar con él y ayudarlo a resolver lo que sea que causo el berrinche. En un niño pequeño la mejor manera de sacarlo de ahí es con un abrazo, moviéndolo físicamente de donde está (con respeto, no con jalones) y re-direccionando su atención a otra cosa (“mira el pajarito”). En un niño más grande, si acepta que nos acerquemos podemos hacerlo, debemos darle tiempo para que se tranquilice y va a depender mucho de nuestra respuesta si podemos lograr que conecte con el cerebro de arriba o  hacemos que el berrinche escale, aquí un ejemplo: Si se enoja a la hora de la comida, se para y se va,  puedo acercarme y reconocer sus sentimientos, si veo que responde puedo continuar con una platica respetuosa (con la idea de apoyarlo a que podamos buscar una solución y sin que me sienta como una amenaza), puedo empezar diciendo: veo que estás enojado, ¿quieres que platiquemos sobre lo que pasó?, si veo que no está listo puedo decir, aquí estoy para cuando quieras platicar (en un tono de interés sincero no de amenaza o enojo), la idea es que el sepa que cuenta con nosotros en las buenas y sobre todo en las malas, que tiene nuestro amor incondicional, una vez que logre tranquilizarse podemos platicar con él.

La otra respuesta (no positiva) sería: “¡a mi no me haces esas caras, te sientas a comer y te callas!”, está reacción va directo al cerebro primitivo y lo único que vamos a conseguir es que se enoje más, que nos rete y que terminemos gritando y enojados, no va a solucionar nada y lo único es que el berrinche va a escalar y yo voy a acabar igual que él.

Si logramos diferenciar desde donde viene el berrinche y no nos enganchamos (cosa que se dice fácil pero en realidad es muy difícil) vamos a lograr conectar con el cerebro de arriba y podemos a ayudar a que el cerebro racional de nuestro hijo continúe desarrollándose y adquiriendo las habilidades necesarias para auto-controlarse y resolver problemas.

En resumen, si tu hijo está haciendo berrinche para manipular y conseguir lo que quiere,  (que le compres algo, que le des un permiso) no cedas, déjale claro que lo quieres mucho pero la respuesta es no.

Si el berrinche viene del cerebro primitivo, ayúdalo a controlarlo, no lo ignores, abrázalo, cambia de actividad o permite que se retire para que se tranquilice (puede tener un espacio especial en su cuarto o hacer alguna actividad física), una vez tranquilo, si se necesita dale seguimiento.

Somos padres aprendiendo  a ser padres.

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¡¡Educar sin castigos, si se puede!!

La promesa de poder educar sin castigos, es muy prometedora pero genera mucho nerviosismo porque a nosotros nos educaron con castigos y es como sabemos educar. La Disciplina Positiva es una filosofía que se basa en el respeto mutuo y no en el castigo.

Hace 14 años tuve mi primer acercamiento a la Disciplina Positiva.  La primera vez que escuché de ella fue en mi trabajo, la directora del kinder en ese momento me platicó un poco de ella y me ofreció la certificación para iniciar a aplicarla en la escuela, nunca imaginé que  mi entrenamiento  fuera con Jane Nelsen, co-fundadora de la asociación y co-autora del libro “Disciplina Positiva”.  Desde el primer momento me sentí totalmente identificada con esta disciplina, justo la disciplina que quería para mi casa, para mi trabajo y para poder compartirla con los padres de la escuela, y desde entonces he podido estudiarla, aplicarla y compartirla.

Esta disciplina esta basada en el trabajo del Psicólogo Alfred Adler (1870-1937), el cual decía que la primer meta del ser humano es la de pertenecer y sentirse importante, y que todos los seres humanos nos movemos a través de contextos sociales. Nuestro comportamiento van en función a estos contextos sociales y el primer contexto en el que nos movemos es el de la familia. El niño necesita sentir que pertenece y que forma parte de su familia y algo que he visto a través de estos años es que la dinámica familiar que llevamos en estos días, dificulta este sentido de pertenencia. Y aquí surge una pregunta importante ¿cómo hago para que mi hijo se sienta que forma parte de la familia?,decirle que lo quiero y darle todo no lo va a hacer sentir que pertenece. Hay que involucrarlo, darle tareas, hacerle sentir que sin su ayuda esta casa no podría ser la misma.

En nuestros primeros 5 años de vida empezamos a tomar decisiones de manera inconsciente de como actuar en estos contextos de acuerdo a las experiencias que vamos teniendo (¿qué sentimos? ¿qué pensamos? y ¿qué decidimos?) y todas estas decisiones se ven reflejadas en la vida adulta (como me relaciono con los demás, con quien me relaciono, como me porto…). Y siempre con la misma meta: sentido de pertenencia y de importancia.

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Los contextos sociales rigen nuestro comportamiento. Cuando mi niño hace un berrinche en un lugar público, mi reacción se ve afectada por el entorno social, ¿qué van a pensar los demás de mi?, así que mi respuesta va a ser en función al contexto social y no a la necesidad de mi hijo- “te voy a dar una nalgada para que llores por algo” ó “ten el juguete con tal de parar el berrinche”.

¿Qué pasa cuando un niño siente que no pertenece o que no importa en un contexto social? va a empezar a llamar la atención de manera negativa, se va a “portar mal” y de esa manera sí consigue la atención de los demás, y mi reacción como papá es castigarlo porque me hizo enojar y porque si no lo hago se va a salir con la suya. El castigo sí sirve pero a corto plazo. En realidad no tenemos que hacer sentir mal al niño para que se porte bien, cuando el se siente bien actúa bien, cuando se siente mal busca la manera de mostrar que se siente mal.  La idea no es poner castigos, la idea es que el niño se haga responsable de sus actos, deben saber que sus actos tienen consecuencias y que estas a veces son buenas y a veces son malas, y esas consecuencias deben ir relacionadas a la acción que hizo el niño, con el objetivo que repare el daño causado: si rompo algo lo tengo que reponer, si no como a la hora de comer debo esperar hasta la siguiente comida para poder comer, si no acabo mis tareas a tiempo no me da tiempo de ver la tele y tendré una consecuencia en la escuela por no entregar la tarea…. Ellos toman la decisión y yo no soy la mala del cuento, la responsabilidad es de ellos no mía. Hay que enfocarnos en la solución del problema, no en que consecuencia poner, en vez de buscar culpables hay que buscar soluciones: “Todas las soluciones son consecuencias, pero no todas las consecuencias son soluciones”.

Aquí algunas sugerencias al poner consecuencias:

  1. Decide que vas a hacer.
  2. Anticípate (si peleas en la fiesta nos vamos a tener que ir).
  3. Cumple lo que prometes.
  4. Conecta antes de corregir.
  5. Que no te gane el enojo, toma tu tiempo para tranquilizarte antes de lidiar con el problema.
  6. Recuerda que deben ser relacionadas con el comportamiento (si no acabo la tarea no tengo tiempo de jugar, si tiré la leche la tengo que limpiar…).
  7. Piensa en soluciones, no todo tiene consecuencias pero todo tiene soluciones.

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¿Te has puesto a pensar en que entorno social sientes que perteneces y que importas? ¿cómo actúas en este entorno a diferencia de uno que te haga sentir que no perteneces? ¿encuentras alguna relación con experiencias pasadas? Cuando sientes que perteneces y que importas todo fluye y es poco probable que “te portes mal”.

Es importante conocernos a nosotros para poder conocer y apoyar más a nuestros hijos. Reflexiona con estas preguntas y observa tu entorno, eso te ayudara a entender que sientes, que piensas y como influencías en la vida de tus hijos.

Somos padres aprendiendo a ser padres.

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