¿Porqué nadie ayuda en la casa?

Últimamente he estado reflexionando mucho sobre porque nadie ayuda en la casa, la hora de la comida es agradable, nuestra convivencia es muy rica, y por arte de magia cuando toca lavar los platos todos desaparecen. Lo que normalmente sucede es que me quejo, regaño a todos, pero finalmente lo termino haciendo yo, o a veces simplemente lo asumo y lo hago.

A veces es más fácil quejarse y hacerlo, que tomarse el tiempo de involucrar a los demás y permitir que cooperen en las tareas del hogar. Solitos nos justificamos pensando “que me cuesta hacerlo” o pobreteamos a nuestros hijos: “pobre, está cansado”, “pobre, está chiquito”, “pobre, cuando sea grande lo hará”.  Y se nos olvida que no solo se trata de hacernos la vida más fácil o de que alguien más lave los platos porque a mi no me gusta, si no de permitir que mi hijo se haga responsable e independiente.

Diferentes estudios demuestran que los niños que realizan tareas en la casa, se convierten en adultos felices, responsables y cooperadores, en resumen se vuelven adultos exitosos.

No importa si barren o tienden la cama, cuando lo niños realizan tareas dentro de la casa les permite sentirse capaces y los hace sentir que son parte del equipo.

Lo que nos toca como papás es:

  • Involucrarlos desde pequeños
  • Tomarnos el tiempo de enseñarles a hacer las tareas
  • Confiar en ellos (mandarles el mensaje que son capaces de hacerlo)
  • No hacer cosas por ellos que sabemos que pueden hacer solos

El que los niños se involucren en las tareas del hogar le va a permitir desarrollar habilidades importantes que va a necesitar en su vida de adulto, así que en vez de pobretearlos mejor vamos a asignarle tareas de acuerdo a sus edades.

Evita dar recompensas materiales por estas tareas, la intención es que se vuelvan responsables. Si vas a dar una recompensa que sea por un trabajo extra o especial que no sea parte de las tareas que debe cumplir.

Somos padres aprendiendo a ser padres.

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¿Lo Proteges o lo Rescatas?

A nadie le gusta ver a sus hijos sufrir, cuando esto sucede tomamos las riendas del asunto y ponemos todo en orden con tal de que nuestros hijos estén bien. Siempre actuamos por el amor tan grande que les tenemos….¿acaso no es nuestro rol como padres el proteger a nuestros hijos?.

Pero ¿hasta donde debe llegar esta protección?

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Es importante definir y conocer el balance entre proteger de manera sana a nuestros hijos y rescatarlos.

Podríamos decir que proteger sanamente se refiere a cuidarlos ante un peligro inminente, por ejemplo agarrarlo de la mano para cruzar la calle, o ponerle el cinturón de seguridad antes que arranque el coche, tomarse el tiempo de escucharlo y acompañarlo en sus desiciones.

Rescatar significa hacer todo por él y cumplir con sus demandas para que no sufra, por ejemplo traducir lo que quiere decir, vestirlo sabiendo que se puede vestir solo, regañar a otro niño o a la mamá del otro niño porque le dijeron o le hicieron algo, comprarle el juguete que quiere para que no llore, cargar su mochila, buscar todo lo que perdió en la escuela (la lista podría seguir y seguir)…. y todo en nombre del amor que le tenemos.

Cada vez que hacemos algo por nuestro hijo que él es capaz de hacer, estamos mandando un mensaje de “tú no eres capaz”, y luego nos quejamos porque no pueden hacer nada solo.

Si queremos que nuestros hijos sean adultos responsables e independientes, debemos empezar desde pequeños a:

  • Dejar que exploren sus propias consecuencias: si el decidió no hacer la tarea, hay que dejarlo que explore que pasa.
  • En vez de decirle que hacer, enseñarlo como hacerlo: enséñale como hacer las cosas antes de exigirle que las haga (bañarse, vestirse, hacer la cama…)
  • Involucrarlo en las tareas de la casa: que tienda su cama, que recoja su plato de la mesa, que ayude con el perro, que se vista, que se bañe.
  • Acompañarlo y ofrecer nuestra ayuda cuando él lo requiera: “te puedo sugerir algo” y él decidirá si lo quiere intentar o no.
  • No hacer nuestras propias conclusiones, primero hay que escucharlos.
  • Creer en ellos, ten confianza en que puede resolver las cosas sin ti.

 

Somos padres aprendiendo a ser padres.

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No todos los berrinches se deben ignorar

Cuando mis hijos eran pequeños me aconsejaron varias veces que ignorara sus berrinches, porque si les hacía caso entonces ellos iban a salirse con la suya. La realidad es que no siempre se sentía adecuado ignorarlos, por lo que nunca seguí el consejo al pie de la letra.

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Varios años después (no muchos) me encuentro con el libro del Dr. Daniel Siegel “The Whole Brain Child” (el cual se los recomiendo)y leo una explicación muy interesante acerca de los berrinches, la cual  me hace mucho sentido.  Antes de entrar en esta explicación es importante saber  como funciona nuestro cerebro, El Dr, Siegel nos dice que lo podemos ver como si fuera una casa de dos pisos, el piso de abajo es como nuestro cerebro primitivo, el cual cubre nuestras necesidades básicas (comer, respirar, estar alerta al peligro) y el piso de arriba es más complejo y representa la parte racional (pensar, tomar desiciones, resolución de problemas…). Hay que tomar en cuenta que cuando nacemos, el cerebro primitivo  ya está desarrollado y el cerebro racional termina de desarrollarse a los 25 años aproximadamente.

Regresando a los berrinches, existen dos tipos: los que vienen del cerebro racional y los que vienen del cerebro primitivo. Los primeros son los que debemos “ignorar” (o más que ignorar a no ceder ante ellos) y son con los que necesitamos ser firmes y poner límites, pues el niño/a los usa como manipulación, sabe bien lo que está haciendo y si no le funciona lo va a dejar de hacer; por ejemplo cuando vamos a la tienda y empieza a hacer un berrinche para que le compremos un juguete y usa argumentos como: “Lo necesito, lo he estado buscando desde hace mucho, es el único que queda….” y muchas veces con tal de que no nos haga pasar ese momento tan incómodo en la tienda terminamos por ceder. Como dice el Dr. Siegel “nunca negocies con un terrorista”, si el niño hace berrinches usando el cerebro racional y nosotros accedemos, aprende que esta es la manera de obtener lo que el quiere, por lo que nuestra respuesta debe ser firme y cordial: te quiero mucho y la respuesta es no.

Por el otro lado, cuando el berrinche viene desde el cerebro primitivo, el niño literalmente no está pensando, no sirve de nada amenazarlo o gritarle porque su cerebro racional está apagado, necesitamos sacarlo del estado en el que está para que vuelva a conectar con su cerebro racional y una vez que lo logremos entonces podemos platicar con él y ayudarlo a resolver lo que sea que causo el berrinche. En un niño pequeño la mejor manera de sacarlo de ahí es con un abrazo, moviéndolo físicamente de donde está (con respeto, no con jalones) y re-direccionando su atención a otra cosa (“mira el pajarito”). En un niño más grande, si acepta que nos acerquemos podemos hacerlo, debemos darle tiempo para que se tranquilice y va a depender mucho de nuestra respuesta si podemos lograr que conecte con el cerebro de arriba o  hacemos que el berrinche escale, aquí un ejemplo: Si se enoja a la hora de la comida, se para y se va,  puedo acercarme y reconocer sus sentimientos, si veo que responde puedo continuar con una platica respetuosa (con la idea de apoyarlo a que podamos buscar una solución y sin que me sienta como una amenaza), puedo empezar diciendo: veo que estás enojado, ¿quieres que platiquemos sobre lo que pasó?, si veo que no está listo puedo decir, aquí estoy para cuando quieras platicar (en un tono de interés sincero no de amenaza o enojo), la idea es que el sepa que cuenta con nosotros en las buenas y sobre todo en las malas, que tiene nuestro amor incondicional, una vez que logre tranquilizarse podemos platicar con él.

La otra respuesta (no positiva) sería: “¡a mi no me haces esas caras, te sientas a comer y te callas!”, está reacción va directo al cerebro primitivo y lo único que vamos a conseguir es que se enoje más, que nos rete y que terminemos gritando y enojados, no va a solucionar nada y lo único es que el berrinche va a escalar y yo voy a acabar igual que él.

Si logramos diferenciar desde donde viene el berrinche y no nos enganchamos (cosa que se dice fácil pero en realidad es muy difícil) vamos a lograr conectar con el cerebro de arriba y podemos a ayudar a que el cerebro racional de nuestro hijo continúe desarrollándose y adquiriendo las habilidades necesarias para auto-controlarse y resolver problemas.

En resumen, si tu hijo está haciendo berrinche para manipular y conseguir lo que quiere,  (que le compres algo, que le des un permiso) no cedas, déjale claro que lo quieres mucho pero la respuesta es no.

Si el berrinche viene del cerebro primitivo, ayúdalo a controlarlo, no lo ignores, abrázalo, cambia de actividad o permite que se retire para que se tranquilice (puede tener un espacio especial en su cuarto o hacer alguna actividad física), una vez tranquilo, si se necesita dale seguimiento.

Somos padres aprendiendo  a ser padres.

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No es tan malo dejar que los niños sufran

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Muchas veces, en el nombre del amor, los padres queremos proteger a nuestros hijos del sufrimiento, y no nos damos cuenta que necesitan “sufrir” para aprender a lidiar con el fracaso porque esto les va a dar las herramientas para poder resolver un problema y va a permitir que desarrollen las habilidades necesarias para enfrentar luchas más grandes. Y no digo que los hagamos sufrir intencionalmente, me refiero a dejarlos de rescatar y de resolverles todo.

Un niño no se siente capaz solo porque los papás le decimos que él puede y que debe sentirse capaz de lo que sea. Como va a sentir que es capaz cuando le decimos que sí puede, pero no lo dejamos que lo intente: “yo se que sí puedes tender tu cama, pero mejor yo la hago” ó el niño tiende su cama y le decimos “muy bien” pero en el momento que se voltea, rehacemos toda la cama porque la dejo mal hecha. 

¿Cuál es el mensaje que le estamos mandando?: ¡TU NO PUEDES!. El niño desarrolla sus percepciones a partir de las experiencias que va viviendo, si lo que él vive es que el adulto se encarga de resolverle todo en  la vida, la percepción del niño es “no necesito hacer nada, no puedo hacer nada, alguien más lo resuelve por mi, para que lo intento”.

Tenemos que entender que cada que hacemos algo por nuestros hijos, que ellos son capaces de hacer, les estamos quitando la oportunidad de desarrollar su percepción de sentirse capaces y de volverse independientes y responsables.

Para que el niño desarrolle esta percepción necesitamos tomarnos el tiempo de enseñarle a hacer las cosas que damos por hecho que debe saber (vestirse, tender la cama, lavarse los dientes, recoger la mesa…) y una vez que le enseñemos, debemos permitir que lo haga solo, y si algo se atora que trate de resolverlo para que al final del día pueda decir “¡Me vestí yo solo!”, “¡Me bañé solo!”, “¡Lo logré!”.

De acuerdo al libro Raising Self-Reliant Children in a Self-Indulgent World de Jane Nelsen y Stephen Glenn, existen cinco comportamientos por parte de los padres que constantemente afirman y validan a los niños y a nuestra creencia en sus capacidades:

  1. Revisar: en vez de asumir hay que revisar (¿cómo te gustaría resolver esto? me gustaría revisar ___________ contigo)
  2. Explorar: la experiencia es mucho más efectiva para enseñar que los propios padres. Permítanle que explore y que viva los resultados.
  3. Motivar/Involucrar: los niños se sienten motivados cuando los vemos como riquezas en vez de como objetos, ver los errores como oportunidades para aprender en vez de verlos como fracasos.
  4. Celebrar: Hay que celebrar sus logros de manera adecuada (reconociendo sus progresos, “me gusta como pusiste la jarra en la mesa”, “gracias por poner la mesa”).
  5. Respeto: El lenguaje del respeto es “¿Qué fue lo que entendiste de….?” ¿Quieres que lo platiquemos?.

Es importante que en vez de dirigir, explicar, rescatar, asumir y esperar que actúen como adultos, usemos estos 5 comportamientos, los cuales invitan a tener una actitud positiva y de respeto, y ayudaran a que el niño desarrolle su percepción de “SOY CAPAZ”

Aprendiendo a ser padres.

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